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 En todo nuestro paso por la vida, es normal tener que hacer frente a críticas o quejas de otra persona y viceversa. Dichas críticas o quejas pueden desembocar en malos entendidos, discusiones, o incluso peleas, ya que nos generan malestar. Es una situación muy común. Pero quién es el responsable de que se genere ese malestar, el que hace la crítica, el que responde a ella o ambos, cuál es el detonante para que esta queja se convierta en un enfrentamiento. Para poder entender a quién pertenece la responsabilidad es inevitable hablar de la comunicación.

La palabra comunicación procede del latín communicare, que quiere decir hacer a otro participe de lo que uno tiene. En otras palabras, transmitir algo, que podríamos llamar “mensaje”, a otra persona o grupo de personas, del mismo modo que recibirlo. Así pues, es obvio que para que haya comunicación tiene que haber un diálogo entre un mínimo de dos personas, un emisor y un receptor. Aun así es muy importante saber que para que haya una buena comunicación no solo nos tenemos que fijar en el emisor de este mensaje y la manera de transmitir, sino que también juega un papel sumamente significativo el receptor y la respuesta que este ofrece.

Por ende, si alguno de estos dos componentes falla, la comunicación será errónea o mala y consecuentemente, se crearán conflictos. Pongamos un ejemplo, Pedro le dice a Yolanda, su pareja “Siempre igual, ¿es que no puedes ser más cariñosa?” a lo que Yolanda le responde, “Mentiroso, no es que yo no sea cariñosa es que tú eres muy pesado”. Ante esta situación, ¿quién diríais que es el culpable de que se genere una discusión? Por un lado, nos puede dar la sensación de que es Pedro porque el mensaje se lo ha dado de malas maneras. Por otro lado,  podríamos pensar que es Yolanda por contraatacar.  Lo que vemos es que se generan varios frentes o posibilidades de justificación, si Yolanda no hiciera (según Pedro) siempre lo mismo o en este caso nunca fuera cariñosa Pedro no se pondría así, pero si Pedro no le hubiera hablado mal quizás Yolanda no le habría contestado de ese modo. Cada personaje buscará, como es normal, su manera de justificar su comportamiento cargando la responsabilidad en el otro.

David Burns, afirma que la responsabilidad  ante este tipo de situaciones, no es ni de uno en particular ni del otro, pero tampoco es una responsabilidad compartida, sino que cada persona tiene un 100% de responsabilidad, porque cada uno de ellos ha hecho un mal uso de la comunicación. Esto sucede porque para que haya una buena comunicación se tienen que poner en marcha varios factores. En primer lugar la empatía, ver el mundo a través del otro, es decir buscar algo de verdadero en eso que nos están diciendo, aunque la crítica no nos parezca justa, pero para esto es muy importante saber escuchar y no es fácil, ya que cuando se está nervioso o alterado cuesta trabajo captar lo que el otro siente o piensa. En segundo lugar la asertividad, poder exponer nuestros sentimientos de manera clara. Si los ocultamos no estamos ayudando a la otra persona, además el guardar los sentimientos negativos puede hacer que el mensaje que quieres dar se haga de manera agresiva. De modo que para ser asertivos deberemos utilizar frases como “siento que”. Y en tercer y último lugar la comprensión o respeto, tratar de mantener una actitud de amabilidad  aunque nos sintamos frustrados. Si no actuamos de manera comprensiva lo que sucede es que se producen respuestas de rivalidad, condescendencia y ataque, como si quisiéramos derrotar a la persona que tenemos delante que ha pasado a ser nuestro enemigo.

Estos 3 ingredientes son claves.  Entonces podríamos pensar, el personaje que no cumpla alguno de estos factores, será el culpable. Pero lo más curioso del uso de estos elementos es, que sea la persona que sea quien los utilice el problema se desvanece. Siguiendo con el ejemplo anterior, si Pedro hubiera expresado sus emociones en vez de guardarlas, su actitud no sería tan agresiva y le estaría diciendo claramente que se siente triste, solo o abandonado a Yolanda. De esta manera Yolanda no se hubiera sentido agredida y no hubiera contraatacado, de modo que le podría haber preguntado el porqué de esos sentimientos y entender que necesita más cariño de su parte, en conclusión no habría discusión.  Por otra parte si Yolanda hubiera sido más empática, hubiera intentado encontrar algo de verdad en lo que Pedro dice, y reconocer sus sentimientos, no hubiera contraatacado y podría haber contestado de otro modo, como por ejemplo diciéndole, “parece que estás enfadado conmigo porque no estoy siendo lo suficiente cariñosa estos últimos días, ¿es eso a lo que te refieres?”. Igual que en la anterior situación, comprobamos que la contrariedad desaparece.

Uno de los problemas que tenemos en la comunicación y en la construcción de problemas, es que la mayoría de veces intentamos justificar nuestras acciones con las del otro y así quitarnos la responsabilidad, pero realmente ¿que alguien en alguna ocasión te alce la voz, te da derecho a alzarla tú? Si entonces alzamos la voz ¿el responsable es el otro o uno mismo? Tenemos que hacernos responsables de nuestros actos independientemente de los hechos que nos hayan llevado a ellos.  Y esto es lo que intentamos en terapia, sobre todo en los casos de pareja o familiares, hacerles entender que cada uno es 100% responsable de la creación de una discusión y una vez se reconstruye esta idea, se ofrecen estrategias para poder localizar los errores que cometemos en la comunicación y poder modificar sus respuestas ante las quejas y las críticas, porque somos humanos y siempre nos quejaremos o criticaremos lo que no nos gusta, si no lo hiciéramos el mundo no evolucionaria nunca, pero para que evolucione no solo hay que quejarse sino que hay que saber hacerlo. 

Aina Calahorro

Psicóloga

 

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