Los 3 Filtros de los Autoengaños

Autoengaños1

 

 
«Peor que ver la realidad negra es el no verla».
—ANTONIO MACHADO
«Una mentira no tendría sentido
si la verdad no fuera percibida como peligrosa».
—ALFRED ADLER
 
Todas las personas tenemos puntos ciegos, zonas de nuestra experiencia personal en las que somos proclives a bloquear nuestra atención y autoengañarnos. Estas lagunas mentales tienden a ser rellenadas con fantasías, explicaciones racionales o imaginaciones. Se trata de un hecho comprobado que no percibimos la realidad tal y como es, y que elaboramos nuestra interpretación particular de la realidad a partir de lo que captan los sentidos. Incluso la memoria resulta altamente engañosa pues contiene una serie de filtros que seleccionan la información que llega a la conciencia.
Cuando algo supone una amenaza, nuestra atención suele recurrir a dos tipos de soluciones: la alerta (la persona se mantiene centrada en lo que le preocupa, pensando continuamente sobre ello); o la negación (desviar la atención y desconectarse del problema).
La tendencia a cerrar los ojos ante lo que nos inquieta provoca un efecto calmante, pues permite poner fin al estrés que genera una posible amenaza, una responsabilidad o un recuerdo traumático... El autoengaño, por tanto, ayuda a protegerse, supuestamente, de la ansiedad o del malestar disminuyendo el grado de conciencia.
La negación: implica un rechazo a aceptar las cosas tal y como son, y suele ser una de las primeras respuestas ante una pérdida o cambio importante. Supone una escapatoria momentánea antes de enfrentarse con la realidad. Como decía Ortega y Gasset: «La negación es útil, noble y piadosa cuando sirve de tránsito hacia una nueva afirmación»;
La racionalización. Los seres humanos disponemos de infinidad de trucos para mantenernos ajenos a la realidad. Además de la negación, utilizamos mecanismos de defensa como la racionaliza-ción, que nos permite ocultar los verdaderos motivos bajo un raciocinio o explicación lógica;
La atención selectiva, mediante la cual se percibe lo que interesa, mientras se ignora el resto.
Estos mecanismos de defensa (negación, racionalización y atención selectiva) brindan un refugio y son en cierto modo necesarios, pero al mismo tiempo condicionan nuestra manera de percibir y reaccionar frente al mundo. Como individuos, somos propiciadores y observadores de nuestra propia realidad, y a pesar de desearlo, rara vez somos imparciales.
Con todo, también nos servimos del autoengaño para fines menos honorables, como embaucar a los demás, ocultar aspectos indeseables de uno mismo, lograr un objetivo a toda costa...
Por todo lo expuesto con anterioridad nuestro gran dilema es el siguiente: ¿existe un equilibrio óptimo entre autoengaño y verdad? Sabemos que en ocasiones evitar la realidad nos procura una sensación de alivio, pero también conlleva un coste importante. ¡Lo que no se afronta tiende a repetirse!

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