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Cuando nos encontramos ante una dificultad, sea personal, relacional o profesional, la primera cosa que se nos ocurre hacer para resolverla es utilizar una estrategia que nos parece productiva, a menudo porque ha funcionado en el pasado para una dificultad similar. Si la estrategia elegida funciona, la dificultad se resuelve pronto.

Ocurre a veces que nuestra estrategia no funciona como habíamos esperado y esto nos lleva a intensificar ulteriormente nuestros esfuerzos en esa dirección, ya que la solución pensada nos parece todavía la más lógica, obvia o la única posible. Pero, cuanto más aplicamos esta estrategia, más la dificultad inicial no sólo no se resuelve, sino que tiende a complicarse, transformándose en un verdadero problema estructurado.

En estos casos son los mismos esfuerzos que la persona lleva a cabo en la dirección del cambio los que mantienen la situación invariable; es decir, las "soluciones intentadas" llevadas a cabo por el individuo y las personas de su entorno para intentar resolver el problema acaban por alimentarlo determinado así su persistencia.

Estos intentos de solución a menudo son reconocidos por la propia persona como no funcionales, pero, no obstante no consigue hacer otra cosa, desarrollando así una profunda desconfianza en la posibilidad de un cambio en la situación problemática.

La terapia  no tiene por qué ser un camino tortuoso en el que recordar dolor, sino incluso ser un agradable proceso en el que sesión a sesión la persona podrá valorar sus progresos, ya que dejará de hacer aquellas soluciones intentadas que hasta el momento realizaba sin conseguir resultados, para ir adquiriendo nuevas herramientas que le ayudarán a resolver el problema.

Por este motivo, el terapeuta estratégico se focaliza desde el principio de la terapia en romper este círculo vicioso que se ha establecido entre las soluciones intentadas y la persistencia del problema, trabajando sobre el presente más que sobre el pasado, sobre "cómo funciona" el problema más que sobre "por qué existe", sobre la búsqueda de las "soluciones" más que sobre las "causas".

El objetivo último de la intervención terapéutica se convierte así en el desplazamiento del punto de observación del individuo desde su posición original rígida y disfuncional (que se expresaban en las "soluciones intentadas") hacia una perspectiva más flexible y funcional, con mayores posibilidades de elección.

Para conseguir este objetivo de la manera más eficaz y rápida posible, la intervención estratégica es de tipo activo y prescriptivo, y debe producir resultados a partir de las primeras sesiones. Si esto no ocurre, el terapeuta es capaz de modificar la propia estrategia sobre la base de las respuestas proporcionadas por el paciente, hasta encontrar aquella idónea para guiar a la persona al cambio definitivo de la situación problemática.

 

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